Besos y demencia tras la misma lente

En los años 30, el fotógrafo Alfred Eisenstaedt realizó para la revista LIFE numerosas fotografías de enfermos mentales en distintos psiquiátricos norteamericanos.

Alfred Eisenstaedt  -autor de la célebre fotografía, The Kiss,  en la que un marinero besa a una enfermera para celebrar la rendición de Japón en la II Guerra Mundial- recogió con su cámara imágenes realistas y muy impactantes acerca de cómo era la vida cotidiana de estos enfermos. Estas personas, hacinadas en grandes edificaciones, eran sometidas contra su voluntad a las terapias de moda de aquella época (lobotomías, coma insulínico…) y, aunque algunas mejoraban (por ejemplo, el electroshock era eficaz en ciertos casos), muchas sufrían daños profundos e irreparables.

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Las otras versiones de la Cenicienta

Uno de los cuentos infantiles más conocidos y antiguos es, sin duda, la Cenicienta. Se trata de la historia de una joven bella y humilde que, como recompensa por su abnegación y bondad, logró casarse con un miembro de la realeza o un rico mercader que la rescató de un ambiente hostil.

La versión más popular y amable es la de Perrault, que eliminó todos los componentes violentos o sexuales del relato. Sin embargo, hay otras muchas versiones (al parecer, casi setecientas) que proceden de todos los rincones del mundo. La más antigua pudo aparecer en Persia, pasó después a Egipto y, más tarde, a Grecia, Roma y al resto de Europa.

En casi todas las versiones se mantienen una serie de elementos comunes, pero también se introducen cambios importantes, según las costumbres de la época y el lugar.

Por ejemplo, la Cenicienta italiana no es buena ni paciente sino que se convierte en una despiadada asesina que rompe el cuello de su madrastra y, pese a todo, recibe su recompensa. La Cenicienta egipcia no es tan casta y recatada como las europeas, su belleza la hace tener muchos amantes y, finalmente, logra convertirse en la concubina del faraón. La hindú es pudorosa pero constantemente es asediada por varones lujuriosos que desean poseerla.

Por otra parte, algunas  versiones mantienen la salvaje mutilación (que elimina Perrault) de los dedos de los pies y los talones para conseguir calzarse el zapato y poder casarse con el hombre poderoso; otras versiones juegan con el tema del incesto: la cenicienta tiene que huir de su hogar para evitar convertirse en la amante del padre o del hermano; y otras, introducen la primitiva costumbre del canibalismo: en la Cenicienta rusa, aparece una bruja caníbal devoradora de niños y, en otras versiones, las hermanas mayores de Cenicienta, celosas de las atenciones que la madre tiene con ella, matan a su progenitora y se la comen.

Vamos a ver algunas de estas versiones: las Cenicientas egipcia, china, hindú, italiana, escocesa, rusa, francesa y alemana.

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Otro forzado descanso del blog. Volvemos en junio

No sabéis cómo nos gustaría poder dedicarle más tiempo al blog pero, una vez más, el trabajo nos lo impide. Esperamos volver a mediados de junio y publicar con más frecuencia durante el verano.

Un afectuoso saludo a tod@s nuestr@s lectores :)

Ruth Wakefield, la inventora de las “cookies” de chocolate

Las famosas cookies con chispas de chocolate, tan tradicionales en la gastronomía norteamericana, fueron inventadas en el año 1933 por Ruth Graves Wakefield. Como sucede en algunas ocasiones, el invento fue fruto de la casualidad.

En 1930, Kenneth y Ruth Wakefield compraron una bonita casa estilo Cape Cod, construida en 1709, en Whitman, Massachusetts (imagen inferior). Su intención era  convertirla en un hostal-restaurante de carretera destinado a acoger a las personas que viajasen de Boston y New Bedford. Su negocio, al que el matrimonio llamó Toll House Inn, fue todo un éxito y, en poco tiempo, lograron que la sabrosa cocina de Ruth se hiciera muy famosa en Estados Unidos.

Toll House Inn

La popularidad del albergue no sólo se debió a su comida casera sino a la costumbre de dar a los comensales una ración entera de uno de los platos para llevar a casa y una porción de sus galletas para el postre. Muchas celebridades de la época acudieron al restaurante como, el entonces senador de Massachusetts, John F. Kennedy, Bette Davis, Eleanor Roosevelt y leyendas del boxeo, como Rocky Marciano.

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Las envenenadoras de Nagyrév


Envenenadoras de Nagyrév

Durante el periodo de entreguerras, en algunos pueblos de la región de Tiszazug y, concretamente, en Nagyrév, un pueblo agrícola húngaro, a unos cien kilómetros de Budapest, proliferó una comunidad de asesinas que acabaron con la vida de unas trescientas personas, que, por distintos motivos, consideraron “molestas”.

Todo comenzó al inicio de la Primera Guerra Mundial, cuando muchos hombres de la región tuvieron que abandonar sus hogares al ser reclutados para luchar por el Imperio Austro-Húngaro. En la misma época se establecieron en la zona campamentos para prisioneros, que disponían de una cierta libertad controlada. Estos jóvenes extranjeros comenzaron a visitar Nagyrév y se convirtieron en amantes de muchas mujeres que, libres de maridos y prometidos, podían relacionarse con ellos tranquilamente.

Pero esta situación “idílica” terminó bruscamente cuando los maridos, padres y otros parientes empezaron a regresar a sus casas. Los veteranos de guerra quisieron retomar sus vidas por donde las dejaron, esperando que sus mujeres fuesen tan sumisas y obedientes como antes. Sin embargo, estas mujeres, que lograron una independencia y liberación que no habían llegado a experimentar hasta entonces recibieron a sus familiares con una gran frialdad. Ellos, en muchas ocasiones, también habían cambiado: los horrores de la guerra los volvieron más agresivos e intolerantes y, algunos, además, estaban terriblemente mutilados o ciegos.
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Los violentos y sensuales cuentos de Perrault

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Ilustración de Caperucita Roja por Gustave Doré

Charles Perrault (1628-1703) se hizo célebre por recoger antiguos relatos de la tradición popular francesa y adaptarlos a los gustos refinados de la corte de Luis XIV. Para lograrlo, tuvo que suavizar la crudeza de las versiones originales, cuyo contenido era especialmente violento, escatológico y sexual (a diferencia de los hermanos Grimm, que, en sus cuentos, fueron más fieles a las tradiciones populares alemanas en las que se basaban).

Además, Perrault añadió a las historias algún toque de humor (como, por ejemplo, cuando la reina ogresa de La bella durmiente del bosque quiere comerse a la princesa Aurora “en salsa Robert”) y también unas moralejas al final de cada cuento.

Pero, a pesar de los retoques, los cuentos de Perrault estaban basados en historias realmente espeluznantes de asesinos en serie, canibalismo, castigos inhumanos e infanticidios. Además, el escritor conservó algunos elementos poco decorosos e, incluso, escandalosos (como el incesto), que, en ocasiones, eran reforzados en las moralejas. Y es que las narraciones adaptadas por Perrault no pertenecían a la literatura infantil sino a la literatura oral de los sencillos campesinos franceses, que recogían en estos duros relatos los miedos y necesidades de su época.

En la tradición popular, por ejemplo, Caperucita llegaba a beber la sangre de la abuela y a comer trozos de su carne, engañada por el lobo. Perrault eliminó el canibalismo pero mantuvo las connotaciones sexuales de la historia:

Caperucita Roja se desvistió y se metió en la cama. Allí se sorprendió mucho de ver cómo resultaba ser su abuela sin ropa

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El psiquiátrico abandonado de Pittsburgh

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En la década de 1840, Dorothea Dix, una activista que luchaba por los derechos de los enfermos mentales, inició una cruzada en favor de la mejora de las condiciones de vida de los dementes. A partir de 1859, Dorothea se implicó personalmente en la construcción de un impresionante psiquiátrico situado a las afueras de Pittsburgh, en una bella colina arbolada con vistas al río Ohio. En honor al abuelo de la reformadora social, este centro recibió el nombre de Dixmont State Hospital.

Durante 125 años este asilo de dementes estuvo en funcionamiento. Pero los problemas financieros que padecía la institución hicieron que cerrase definitivamente en 1984.

A partir de entonces, el psiquiátrico fue invadido por algunos exploradores que querían captar con sus cámaras imágenes de las impresionantes y decrépitas estancias y de la galería de túneles que recorren el subsuelo. También han sentido curiosidad por este lugar una serie de magufos, deseosos de descubrir fenómenos paranormales; muchos vándalos, que fueron deteriorando el ya de por sí estado ruinoso de la edificación; adolescentes que querían demostrar su valor y algunos directores de cine, que encontraron en el Dixmont un inmejorable decorado para filmar sus películas de terror de serie B.
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Charles Dickens y la Navidad

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Scrooge y el espíritu de las Navidades presentes. Ilustración de Jhon Leech

Durante siglos, gentes de todo el mundo han celebrado fiestas de invierno. Los escandinavos, cada solsticio de invierno, celebraban los festejos de Yule y los romanos, a partir del 17 de diciembre, disfrutaban del Festival de Saturnalia, en honor a Saturno, el dios de la agricultura y las cosechas. Durante cuatro días, los romanos vivían una fiesta de alegría y generosidad, en la que se suspendían la guerra y la ejecución de criminales; se visitaba a los parientes, intercambiándose regalos (fruta, nueces, velas de cera de abeja y pequeñas figuritas hechas de terracota) y se daban suntuosos banquetes

Con la aparición del cristianismo, las costumbres paganas se mezclaron con las cristianas en la celebración de la Navidad. Una de esas antiguas costumbres era la de adornar las casas con plantas de hojas perennes, como muérdago, hiedra y acebo, para protegerse de los malos espíritus y alentar el retorno de la primavera.

Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XIX, la celebración de la Navidad en Inglaterra se encontraba en claro declive. Los puritanos ingleses, durante los siglos XVI y XVII, habían despreciado estas fiestas por considerarlas una celebración salvaje en honor a Saturno y, después, un festejo mundano de los católicos (“trampas de los papistas”). Incluso, en 1647, los gobernantes puritanos ingleses prohibieron la celebración de la Navidad. El pueblo se rebeló y logró su restauración en 1660, aunque muchos clérigos rechazaban la Navidad utilizando argumentos puritanos. También, en la América colonial, los puritanos de Nueva Inglaterra prohibieron estas fiestas en Boston, de 1659 a 1681.

Pero, a mediados del siglo XIX, comenzaron a revitalizarse las tradiciones navideñas. El príncipe Alberto -marido de la reina Victoria- trajo a Inglaterra la costumbre de su Alemania natal de decorar un árbol y ciertos autores victorianos fueron plasmando en sus obras una visión romántica de la Navidad. Sin duda, el más destacable de todos ellos fue Charles Dickens y su novela Canción de Navidad o Un cuento de Navidad (A Christmas Carol).
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El 4º Conde de Sandwich y sus emparedados

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Un curioso personaje británico fue John Montagu, 4º Conde de Sandwich (1718-1792), a quien se debe el nombre del emparedado (sándwich). Al parecer, el Conde, para no interrumpir sus largas horas de trabajo, pedía a sus criados que le llevaran a su despacho lonchas de carne salada de ternera entre dos rebanadas de pan tostado y así evitar la típica cena tradicional inglesa.
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Manifiesto: “En defensa de los derechos fundamentales en Internet”

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Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que:

1.- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.

2.- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.

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