Archivo de la Categoría 'Historia'

Besos y demencia tras la misma lente

En los años 30, el fotógrafo Alfred Eisenstaedt realizó para la revista LIFE numerosas fotografías de enfermos mentales en distintos psiquiátricos norteamericanos.

Alfred Eisenstaedt  -autor de la célebre fotografía, The Kiss,  en la que un marinero besa a una enfermera para celebrar la rendición de Japón en la II Guerra Mundial- recogió con su cámara imágenes realistas y muy impactantes acerca de cómo era la vida cotidiana de estos enfermos. Estas personas, hacinadas en grandes edificaciones, eran sometidas contra su voluntad a las terapias de moda de aquella época (lobotomías, coma insulínico…) y, aunque algunas mejoraban (por ejemplo, el electroshock era eficaz en ciertos casos), muchas sufrían daños profundos e irreparables.

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Ruth Wakefield, la inventora de las “cookies” de chocolate

Las famosas cookies con chispas de chocolate, tan tradicionales en la gastronomía norteamericana, fueron inventadas en el año 1933 por Ruth Graves Wakefield. Como sucede en algunas ocasiones, el invento fue fruto de la casualidad.

En 1930, Kenneth y Ruth Wakefield compraron una bonita casa estilo Cape Cod, construida en 1709, en Whitman, Massachusetts (imagen inferior). Su intención era  convertirla en un hostal-restaurante de carretera destinado a acoger a las personas que viajasen de Boston y New Bedford. Su negocio, al que el matrimonio llamó Toll House Inn, fue todo un éxito y, en poco tiempo, lograron que la sabrosa cocina de Ruth se hiciera muy famosa en Estados Unidos.

Toll House Inn

La popularidad del albergue no sólo se debió a su comida casera sino a la costumbre de dar a los comensales una ración entera de uno de los platos para llevar a casa y una porción de sus galletas para el postre. Muchas celebridades de la época acudieron al restaurante como, el entonces senador de Massachusetts, John F. Kennedy, Bette Davis, Eleanor Roosevelt y leyendas del boxeo, como Rocky Marciano.

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Las envenenadoras de Nagyrév


Envenenadoras de Nagyrév

Durante el periodo de entreguerras, en algunos pueblos de la región de Tiszazug y, concretamente, en Nagyrév, un pueblo agrícola húngaro, a unos cien kilómetros de Budapest, proliferó una comunidad de asesinas que acabaron con la vida de unas trescientas personas, que, por distintos motivos, consideraron “molestas”.

Todo comenzó al inicio de la Primera Guerra Mundial, cuando muchos hombres de la región tuvieron que abandonar sus hogares al ser reclutados para luchar por el Imperio Austro-Húngaro. En la misma época se establecieron en la zona campamentos para prisioneros, que disponían de una cierta libertad controlada. Estos jóvenes extranjeros comenzaron a visitar Nagyrév y se convirtieron en amantes de muchas mujeres que, libres de maridos y prometidos, podían relacionarse con ellos tranquilamente.

Pero esta situación “idílica” terminó bruscamente cuando los maridos, padres y otros parientes empezaron a regresar a sus casas. Los veteranos de guerra quisieron retomar sus vidas por donde las dejaron, esperando que sus mujeres fuesen tan sumisas y obedientes como antes. Sin embargo, estas mujeres, que lograron una independencia y liberación que no habían llegado a experimentar hasta entonces recibieron a sus familiares con una gran frialdad. Ellos, en muchas ocasiones, también habían cambiado: los horrores de la guerra los volvieron más agresivos e intolerantes y, algunos, además, estaban terriblemente mutilados o ciegos.
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El psiquiátrico abandonado de Pittsburgh

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En la década de 1840, Dorothea Dix, una activista que luchaba por los derechos de los enfermos mentales, inició una cruzada en favor de la mejora de las condiciones de vida de los dementes. A partir de 1859, Dorothea se implicó personalmente en la construcción de un impresionante psiquiátrico situado a las afueras de Pittsburgh, en una bella colina arbolada con vistas al río Ohio. En honor al abuelo de la reformadora social, este centro recibió el nombre de Dixmont State Hospital.

Durante 125 años este asilo de dementes estuvo en funcionamiento. Pero los problemas financieros que padecía la institución hicieron que cerrase definitivamente en 1984.

A partir de entonces, el psiquiátrico fue invadido por algunos exploradores que querían captar con sus cámaras imágenes de las impresionantes y decrépitas estancias y de la galería de túneles que recorren el subsuelo. También han sentido curiosidad por este lugar una serie de magufos, deseosos de descubrir fenómenos paranormales; muchos vándalos, que fueron deteriorando el ya de por sí estado ruinoso de la edificación; adolescentes que querían demostrar su valor y algunos directores de cine, que encontraron en el Dixmont un inmejorable decorado para filmar sus películas de terror de serie B.
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Charles Dickens y la Navidad

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Scrooge y el espíritu de las Navidades presentes. Ilustración de Jhon Leech

Durante siglos, gentes de todo el mundo han celebrado fiestas de invierno. Los escandinavos, cada solsticio de invierno, celebraban los festejos de Yule y los romanos, a partir del 17 de diciembre, disfrutaban del Festival de Saturnalia, en honor a Saturno, el dios de la agricultura y las cosechas. Durante cuatro días, los romanos vivían una fiesta de alegría y generosidad, en la que se suspendían la guerra y la ejecución de criminales; se visitaba a los parientes, intercambiándose regalos (fruta, nueces, velas de cera de abeja y pequeñas figuritas hechas de terracota) y se daban suntuosos banquetes

Con la aparición del cristianismo, las costumbres paganas se mezclaron con las cristianas en la celebración de la Navidad. Una de esas antiguas costumbres era la de adornar las casas con plantas de hojas perennes, como muérdago, hiedra y acebo, para protegerse de los malos espíritus y alentar el retorno de la primavera.

Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XIX, la celebración de la Navidad en Inglaterra se encontraba en claro declive. Los puritanos ingleses, durante los siglos XVI y XVII, habían despreciado estas fiestas por considerarlas una celebración salvaje en honor a Saturno y, después, un festejo mundano de los católicos (“trampas de los papistas”). Incluso, en 1647, los gobernantes puritanos ingleses prohibieron la celebración de la Navidad. El pueblo se rebeló y logró su restauración en 1660, aunque muchos clérigos rechazaban la Navidad utilizando argumentos puritanos. También, en la América colonial, los puritanos de Nueva Inglaterra prohibieron estas fiestas en Boston, de 1659 a 1681.

Pero, a mediados del siglo XIX, comenzaron a revitalizarse las tradiciones navideñas. El príncipe Alberto -marido de la reina Victoria- trajo a Inglaterra la costumbre de su Alemania natal de decorar un árbol y ciertos autores victorianos fueron plasmando en sus obras una visión romántica de la Navidad. Sin duda, el más destacable de todos ellos fue Charles Dickens y su novela Canción de Navidad o Un cuento de Navidad (A Christmas Carol).
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El 4º Conde de Sandwich y sus emparedados

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Un curioso personaje británico fue John Montagu, 4º Conde de Sandwich (1718-1792), a quien se debe el nombre del emparedado (sándwich). Al parecer, el Conde, para no interrumpir sus largas horas de trabajo, pedía a sus criados que le llevaran a su despacho lonchas de carne salada de ternera entre dos rebanadas de pan tostado y así evitar la típica cena tradicional inglesa.
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Envenenadoras victorianas

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Celebración de un juicio en la época victoriana

La sociedad británica victoriana educaba a la mujer para reprimir sus instintos y adecuar su conducta a un rígido código moral basado en la represión de las pasiones, los prejuicios sociales y el mundo de la apariencia. Por ese motivo, era difícil concebir que las mujeres pudieran ser autoras de los delitos y albergar impulsos homicidas e, incluso, encontrar placer en el crimen.

El veneno era el arma más común empleada por las mujeres por tratarse de un método que no requería fuerza física y porque la compra de venenos, como la estricnina y el arsénico, era relativamente fácil. Muchas personas utilizaban el arsénico para matar a las ratas o a las moscas y, algunas mujeres también lo empleaban como producto de belleza, para mejorar la suavidad de la piel. De manera que nadie se extrañaba de que una mujer entrase en una farmacia pidiendo este veneno. Sólo tenía que firmar en un libro (el Poison book), que por ley debía encontrarse en todas las farmacias para registrar qué venenos se habían vendido.

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Etiqueta de una botella de estricnina del siglo XIX

Los móviles que, generalmente, impulsaban a la mujer a matar eran económicos. En la época victoriana se incrementaron notablemente el número se seguros de vida y su cobro se convirtió en un buen motivo para acabar con la vida del asegurado. No obstante, también podía actuarse por otros motivos como la venganza, los celos, para evitar escándalos o, incluso, para escapar de las rígidas normas de unos padres o de un marido muy estrictos.

Tres célebres envenenadoras de la época victoriana fueron Adelaide Bartlett, Madeleine Smith y Christiana Edmunds, conocida como “la envenenadora de la crema de chocolate”. Estas mujeres asesinaron con cloroformo líquido, arsénico y estricnina, respectivamente.
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La colección FSA-OWI: imágenes a color de los años 30 y 40

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Durante las décadas de los años 30 y 40, un grupo de fotógrafos que trabajaban para la Farm Security Administration (FSA) o para la Office of War Information (OWI), captaron con sus cámaras impresionantes imágenes de la vida cotidiana en los Estados Unidos.

En una época en la que, generalmente, las fotografías se realizaban en blanco y negro, estas imágenes asombran por su colorido y nitidez y nos ofrecen una visión realista de la pobreza en la que vivían muchas familias norteamericanas durante la Gran Depresión. También recogen cómo se movilizaron hombres y mujeres norteamericanos, durante la Segunda Guerra Mundial, prestando todo tipo de servicios patrióticos.
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La cripta abandonada de Namur

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En la ciudad de Namur, Bélgica, existe un viejo cementerio, abierto en 1885, escondido tras unos altos muros de piedra y una imponente puerta de hierro.

En un rincón del cementerio, se encuentra una pequeña capilla, que contiene en su subsuelo una húmeda y mohosa galería de tumbas abandonadas desde hace mucho tiempo.

A través de una escalera de caracol se accede a esta solitaria cripta, en la que el paso del tiempo no ha destruido su belleza arquitectónica. Las estalactitas de cal, las musgosas paredes y la impresionante atmósfera que crea la luz que se filtra por las claraboyas del techo hacen de este lugar un mundo sobrecogedor y misterioso.
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La misteriosa desaparición de Amelia Earhart

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KHAQQ llamando al Itasca. Debemos estar encima de ustedes pero no los vemos… El combustible está a punto de agotarse…

Éste fue uno de los últimos mensajes que emitió Amelia Earhart al guardacosta estadounidense Itasca antes de desaparecer con su avión en las aguas del Pacífico. A pesar de las intensas búsquedas (su operación de rescate costó 4 millones de dólares), nunca aparecieron los restos del avión ni de sus pasajeros.
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