Imagen de las mazmorras del Castillo de Chillon (Suiza)
Nos habían encadenado, cada uno en una columna. Éramos tres, pero cada uno separado de los otros dos. Nos podíamos dar ni un solo paso y no nos podíamos ver más que a través de esta débil y lívida claridad, que nos deformaba como si fuéramos desconocidos. Así reunidos, y sin embargo separados, teníamos las manos agarrotadas entre hierros y el corazón angustiado.
Así describe Lord Byron, en El prisionero de Chillon, las terribles condiciones en las que vivían los prisioneros de las mazmorras del famoso castillo suizo.
Los castillos y las fortalezas contaban siempre con estos oscuros y húmedos espacios destinados a encerrar a los presos para que muriesen de inanición y de frío o, en el caso de que les proporcionasen agua y alimentos, para que permaneciesen en condiciones infrahumanas hasta que cumpliesen el castigo impuesto, se pagase un rescate o se solucionara el conflicto político o religioso que los había conducido a la prisión.
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Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais... atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.
