Archivo de Septiembre, 2008

El Código Hays

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La señal de la Cruz (1932)

En la imagen superior se muestra una sorprendente escena de La señal de la Cruz (1932), de la Universal, en la que una mártir cristiana desnuda permanece atada a una columna, asediada por un amenazante gorila. Cecil B. DeMille quiso reflejar en esta película la relajación de las “buenas costumbres” que se vivió en la antigua Roma y mostró, en explícitas escenas, temas como la homosexualidad, las orgías, desnudos y el asesinato. Uno de los momentos más eróticos de la película lo protagoniza la actriz Claudette Colbert, que se bañaba desnuda en una piscina llena de leche.

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Pero las imágenes provocativas tenían los días contados en el cine norteamericano porque pronto comenzaría a aplicarse con rigidez el llamado Código Hays, basado en una rígida moral católica (participó activamente en su redacción el sacerdote jesuita Daniel Lord) que impedía cualquier escena que atentase contra las buenas maneras, la decencia, la religión y la patria. Sin embargo, algunas películas consiguieron escapar de esta censura y mostraron una sociedad más libre y desinhibida.
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El asesinato de Stanford White

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El 25 de junio de 1906, en una calurosa noche de verano, unos adinerados neoyorquinos disfrutaban, en el jardín de la azotea del Madison Square Garden, del estreno de un mediocre musical (Mamzelle Champagne). Las mujeres llevaban costosos trajes y sombreros de pluma. Los hombres, también vestidos con elegancia, fumaban sus cigarros, bebían y reían alegremente. Los actores tenían que hablar casi a gritos para que sus voces se oyesen por encima del estrépito de las risas y las conversaciones del público.

Entre la multitud, comenzó a abrirse paso Harry Thaw, el heredero de la fortuna del ferrocarril de Pittsburgh. Su rostro estaba lleno de ira y su mirada se encontraba fija en otro hombre de más edad que se encontraba cerca del escenario, el famoso arquitecto Stanford White. White aplaudía con entusiasmo y guiñaba un ojo a las jovencitas que cantaban en el coro. Las chicas jóvenes, de 16 o 17 años, eran su debilidad, aunque él ya tenía 52 años.

Resultaba extraño que en pleno verano Harry Thaw llevase un abrigo. Thaw llegó hasta la mesa en la que se encontraba Stanford White. Sacó del interior del abrigo una pistola y, mientras el coro cantaba la alegre canción “I Could Love a Million Girls”, le dijo:

Has destrozado mi vida

A continuación disparó tres veces, a quemarropa, en la cara del arquitecto. La víctima cayó al suelo de inmediato.

En un primer momento, hubo un silencio incómodo. Luego, comenzaron a oírse algunas risas aisladas. Muchos supusieron que lo que habían visto formaba parte del espectáculo, pues este tipo de bromas, en aquella época, eran bastante populares entre la alta sociedad de Nueva York. Pero pronto las risas dejaron paso a los gritos histéricos cuando se descubrió el rostro ensangrentado de White.

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Reconstrucción del asesinato en la azotea del Madison Square Garden realizada por un dibujante (1906)

El asesino no mostró ninguna emoción. Vació el cargador de su pistola, comenzó a caminar hacia la salida e indicó que no iba a volver a disparar. Sin embargo, el pánico se había apoderado de todo el mundo. La multitud comenzó a correr hacia las puertas, empujándose unos a otros y gritando. El gerente del teatro abogó por conservar la calma y, absurdamente, quiso continuar con el espectáculo, como si nada hubiese ocurrido. Pero también la orquesta y las cantantes estaban aterrorizadas.

Mientras tanto, el asesino llegó hasta los ascensores. Allí se reunió con él su joven esposa que, con voz angustiada, le preguntó:

¡Dios mío, Harry! ¿Qué has hecho?

Thaw contestó:

Tenía todo el derecho, Evelyn

El asesinato de Stanford White se convirtió en uno de los crímenes más famosos de principios del siglo XX. Llegó a ser conocido con el nombre del crimen del siglo y es que en él confluían una serie de factores que lo convirtieron en una historia sensacional para la prensa: dinero, poder, ira, lujuria y venganza.
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