Archivo de Noviembre, 2009

Envenenadoras victorianas

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Celebración de un juicio en la época victoriana

La sociedad británica victoriana educaba a la mujer para reprimir sus instintos y adecuar su conducta a un rígido código moral basado en la represión de las pasiones, los prejuicios sociales y el mundo de la apariencia. Por ese motivo, era difícil concebir que las mujeres pudieran ser autoras de los delitos y albergar impulsos homicidas e, incluso, encontrar placer en el crimen.

El veneno era el arma más común empleada por las mujeres por tratarse de un método que no requería fuerza física y porque la compra de venenos, como la estricnina y el arsénico, era relativamente fácil. Muchas personas utilizaban el arsénico para matar a las ratas o a las moscas y, algunas mujeres también lo empleaban como producto de belleza, para mejorar la suavidad de la piel. De manera que nadie se extrañaba de que una mujer entrase en una farmacia pidiendo este veneno. Sólo tenía que firmar en un libro (el Poison book), que por ley debía encontrarse en todas las farmacias para registrar qué venenos se habían vendido.

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Etiqueta de una botella de estricnina del siglo XIX

Los móviles que, generalmente, impulsaban a la mujer a matar eran económicos. En la época victoriana se incrementaron notablemente el número se seguros de vida y su cobro se convirtió en un buen motivo para acabar con la vida del asegurado. No obstante, también podía actuarse por otros motivos como la venganza, los celos, para evitar escándalos o, incluso, para escapar de las rígidas normas de unos padres o de un marido muy estrictos.

Tres célebres envenenadoras de la época victoriana fueron Adelaide Bartlett, Madeleine Smith y Christiana Edmunds, conocida como “la envenenadora de la crema de chocolate”. Estas mujeres asesinaron con cloroformo líquido, arsénico y estricnina, respectivamente.
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El castillo abandonado de Mesen

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Cerca del pequeño pueblo de Lede (Bélgica) se encuentra el Castillo de Mesen, abandonado desde hace cuarenta años. Oculto en un enorme parque de siete hectáreas y media, no existen en él grandes muestras de vandalismo pero, con el tiempo, la exuberante naturaleza que lo rodea ha ido invadiéndolo y deteriorándolo.

Su exploración no es fácil. El interior es muy peligroso: la madera se ha podrido, muchos techos y tejados se han derrumbado y el hormigón comienza a desmoronarse. Además, para acceder hasta el castillo, al parecer, hay que trepar los altos muros que rodean el parque. Sin embargo, algunos fotógrafos lo han logrado y han captado en impactantes imágenes  la majestuosidad y belleza que tuvo en otros tiempos y que aún puede apreciarse.
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