Archivo de Enero, 2010

Los violentos y sensuales cuentos de Perrault

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Ilustración de Caperucita Roja por Gustave Doré

Charles Perrault (1628-1703) se hizo célebre por recoger antiguos relatos de la tradición popular francesa y adaptarlos a los gustos refinados de la corte de Luis XIV. Para lograrlo, tuvo que suavizar la crudeza de las versiones originales, cuyo contenido era especialmente violento, escatológico y sexual (a diferencia de los hermanos Grimm, que, en sus cuentos, fueron más fieles a las tradiciones populares alemanas en las que se basaban).

Además, Perrault añadió a las historias algún toque de humor (como, por ejemplo, cuando la reina ogresa de La bella durmiente del bosque quiere comerse a la princesa Aurora “en salsa Robert”) y también unas moralejas al final de cada cuento.

Pero, a pesar de los retoques, los cuentos de Perrault estaban basados en historias realmente espeluznantes de asesinos en serie, canibalismo, castigos inhumanos e infanticidios. Además, el escritor conservó algunos elementos poco decorosos e, incluso, escandalosos (como el incesto), que, en ocasiones, eran reforzados en las moralejas. Y es que las narraciones adaptadas por Perrault no pertenecían a la literatura infantil sino a la literatura oral de los sencillos campesinos franceses, que recogían en estos duros relatos los miedos y necesidades de su época.

En la tradición popular, por ejemplo, Caperucita llegaba a beber la sangre de la abuela y a comer trozos de su carne, engañada por el lobo. Perrault eliminó el canibalismo pero mantuvo las connotaciones sexuales de la historia:

Caperucita Roja se desvistió y se metió en la cama. Allí se sorprendió mucho de ver cómo resultaba ser su abuela sin ropa

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El psiquiátrico abandonado de Pittsburgh

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En la década de 1840, Dorothea Dix, una activista que luchaba por los derechos de los enfermos mentales, inició una cruzada en favor de la mejora de las condiciones de vida de los dementes. A partir de 1859, Dorothea se implicó personalmente en la construcción de un impresionante psiquiátrico situado a las afueras de Pittsburgh, en una bella colina arbolada con vistas al río Ohio. En honor al abuelo de la reformadora social, este centro recibió el nombre de Dixmont State Hospital.

Durante 125 años este asilo de dementes estuvo en funcionamiento. Pero los problemas financieros que padecía la institución hicieron que cerrase definitivamente en 1984.

A partir de entonces, el psiquiátrico fue invadido por algunos exploradores que querían captar con sus cámaras imágenes de las impresionantes y decrépitas estancias y de la galería de túneles que recorren el subsuelo. También han sentido curiosidad por este lugar una serie de magufos, deseosos de descubrir fenómenos paranormales; muchos vándalos, que fueron deteriorando el ya de por sí estado ruinoso de la edificación; adolescentes que querían demostrar su valor y algunos directores de cine, que encontraron en el Dixmont un inmejorable decorado para filmar sus películas de terror de serie B.
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